De súper lectores y no tan súper lectores

By Lizbeth Mendoza 4 meses agoSin comentarios
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¿Ya llegó la hora de las confesiones? Pues entonces aquí va la mía…


No soy una lectora rápida, nunca lo he sido y al parecer nunca lo seré. Digo, realmente disfruto mis libros, me encanta perderme por horas en las historias, en las cartas, en los poemas.

Pero sigo sufriendo del mismo mal que conocí desde que aprendí a leer: ir a mi ritmo, leer no como en un maratón, sino como una habitante de la luna, con tranquilidad y sin apuro. Y si me da la gana, releer las páginas que quiera, hacer anotaciones, copiar algunas frases, buscar en internet ciertos nombres o acontecimientos… y así es como puedo estar inmersa en un libro por semanas o incluso meses.

Y no me arrepiento, sólo lo declaro, no mido cuántos libros leo al año o cuántas páginas o palabras por minuto avanzo, odio que me lo pregunten y que se sorprendan cuando respondo que no lo sé. Pero me pasa.

Mi mente no corre como la de Virginia Wolf o la de Theodore Roosevelt, que leían tan rápido como una gota de lluvia llega al piso. No. La mía se pierde en palabras que me dejan con la mente alborotada y se conectan con otros pensamientos y esos pensamientos con otros más, y como diría el buen Mario Benedetti: también viceversa.

Y así, apelo al viejo dicho que afirma que cada cabeza es un mundo. Por eso creo que mi mundo va avanzando a su ritmo, porque como decía mi amiga Indi: “despacito porque vamos lejos” y así poco a poco, mi biblioteca se va engrosando, voy dejando ir algunos títulos y recibiendo otros, conociendo clásicos y aprendiendo nuevos nombres.

 

 

La primera vez que el monstruo de la curiosidad alcanzó mis letras, fue cuando leí “El péndulo de Foucalt” de mi adorado Umberto Eco. Tenía tantas dudas, tantos nombres, tantos datos que no conocía, que el tiempo se me iba en notas, investigaciones y por si fuera poco, en olvidos.

 



Olvidos de dos tipos: el primero, olvidar datos que ya había investigado antes, olvidar esos ritos y el funcionamiento perfecto del Péndulo, y entonces, tener que volver a las notas.

 


 

El segundo olvido fue más torpe y me dejó con la sensación de distracción total. Olvidé mi libro en la casa de una persona doblemente distraída y con una tendencia al desorden que no podía controlar. Por supuesto, tuve que volver, revolver algunas cosas y recuperar a mi libro de letras chiquitas y de muchas páginas – convenientemente –.

Así que si no eres de los que leen 2 mil 300 libros al año, no te preocupes, sólo disfruta.

 


 

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